Red Antimilitarista y Noviolenta de Andalucía

Red de grupos antimilitaristas, noviolentos, ecologistas y feministas. La guerra es un crimen contra la humanidad. Por ello me comprometo a no apoyar ningún tipo de guerra, y a luchar por la eliminación de todas sus causas.

Represión sucia contra el 15-M

Son legión los amigos del movimiento 15-M, y a buen seguro lo seguirán siendo. Pero no es menos cierto que a los activistas del 15-M también les brotaron desde muy pronto sus primeros enemigos. Hay muchos matices en esa hostilidad, pero destacan dos grandes grupos que se han caracterizado por haber reaccionado frente al 15-M con una actitud igualmente malhumorada y, sin embargo, con argumentos muy diferentes. Por un lado, algunas personas de orden y seguramente muy de derechas, desde sus tribunas políticas o mediáticas, y en sus entornos empresariales o simplemente particulares, desde muy pronto empezaron a imaginar a los “indignados” y a representarlos con imágenes de “nuevos pobres”, como marginales y chabolistas, como guarros y perroflautas. Por otro, algunas personas de la izquierda bienpensante los percibieron con la imagen contraria, más bien propia de “nuevos ricos”, como niños de papá y hippipijos, como estudiantes mimados y sin embargo fracasados.

Quieren ver cómo se disipa, agota y fracasa el 15-M. Quieren ver cómo meten la pata y dan argumentos a las autoridades para que se actúe contra ellos, aunque, evidentemente, unos tengan más ganas que otros de que los indignados se lleven o una buena dosis de porra y mazmorra, o un tiempo infinito de desprecio y ninguneo. Será muy difícil disipar los efectos postreros del 15-M, incluso si no tuviera una vida larga, pero unas autoridades u otras siempre estarán tentadas de reprimir este novísimo movimiento social. A esto último voy, a señalar aquí la importancia que para el movimiento 15-M tiene pensar y repensar, y preparar e incluso entrenar las formas de hacer frente a la represión. El 15-M no debe convertirse, ni por asomo, en un movimiento anti-represivo; pero, lamentablemente, no puede obviar las tres grandes estrategias represivas que, previsiblemente, el Estado va a seguir lanzando contra él: la buro-represión, la represión policial legal (más o menos cruenta), y la represión sucia.

Por un lado, la buro-represión, la que se ejerce de forma invisible, a base de trabas administrativas y sanciones económicas, es un riesgo muy serio, como comprendió en su día aquel tosco ministro socialista llamado Corcuera, porque puede desangrar económicamente a cualquier colectivo o dejarlo inactivo por miedo a las multas. La buro-represión sólo se puede conjurar con imaginación y, todo hay que decirlo, con mucha solidaridad, recabando apoyo económico para que no paguen sólo los detenidos o los identificados por la policía. Hasta hoy, el Estado ha tenido dificultades para dictar una buro-represión de oficio contra el movimiento 15-M, dado la magnitud de la movilización. La desobediencia civil tendrá que seguir siendo masiva. Es un reto.

Por otra parte, la represión policial legal, la que el Estado justifica fácilmente apelando al orden público, hoy por hoy, no ha perjudicado al movimiento 15-M, el cual, ha demostrado estar preparado para minimizarla e incluso rentabilizarla (en la mejor línea gandhiana), gracias a que se ha apoyado en la experiencia de los movimientos de noviolencia, tan influyentes en España desde la época de la objeción y la insumisión al servicio militar obligatorio. Eso le ayuda a ganar legitimidad y simpatía social, o en el peor de los casos, (por ejemplo, si se cometen errores, o los cometen supuestos amigos internos que ni comprenden ni aceptan la fuerza de la noviolencia), como mínimo no provocarán un fuerte desafecto social. El plus de legitimidad que se han ganado los activistas de un movimiento que ha calado socialmente, porque conecta con la indignación de muchos y con los valores de una mayoría, ha hecho prácticamente inviable la utilización de la represión legal, a la que no obstante han apelado una y mil veces políticos diversos pero coincidentes, como Álvarez Cascos y Pepe Bono, y periodistas políticamente divergentes pero convergentes en la ideología del palo y tentetieso.

Lo peor puede llegar de manos de la represión sucia, algo que parece haber ocurrido ya en Barcelona durante la acción de bloqueo no violento del Parlament. Hay pruebas para denunciar este caso, pero esas cosas no son flor de un día. Se preparan. Y, por cierto, tienen antecedentes bien conocidos: fue precisamente en Barcelona, durante el domingo 24 de junio de 2001, cuando, al final de una manifestación pacífica a la que acudieron unas cincuenta mil personas convocadas por una plataforma de colectivos contra la globalización, se produjeron gravísimos incidentes, con rotura de escaparates, intervención de la policía antidisturbios, heridos y varios detenidos. Los grupos convocantes denunciaron a la policía como provocadora y autora de los estragos. Llegaron a presentar una querella criminal para que se identificara a unos 80 agentes de paisano que lanzaron barras de hierro a los policías uniformados con el fin de justificar la carga policial y criminalizar al movimiento antiglobalización.

Desde que las primeras acciones represivas se volvieron en contra del Estado desencadenando una fuerte ola de simpatía y solidaridad en la Puerta del Sol y en la Plaza de Cataluña, era obvio que el movimiento 15-M iba a convertirse en un grave problema político. Una cuestión de Estado. Seguramente desde entonces se empezó a dirigir contra él algún tipo de represión sucia, infiltrando a agentes de las policías autonómicas y estatales para que se afanaran en conocer bien sus puntos débiles, con el fin de sustraerle el gran apoyo social logrado. La mayor parte de los activistas del 15-M tienen esa sensación desde el principio. Y ahora, cuando esa impresión se convierte en convicción, se agiganta uno de los rasgos más sobresalientes del 15-M: su estrategia no violenta. El Estado puede ser o no ser cuestionado cuando hace uso de la fuerza, pero si lo que hace es un uso sucio de la violencia, se deslegitima por completo. Y si esa represión sucia la dirige contra activistas no violentos, entonces, está perdido. Ni a los mossos de Puig ni a los policías de Rubalcaba les va a resultar fácil ensuciar a tanta gente limpia.

Por Pedro Oliver Olmo (profesor de Hª Contemporánea en la UCLM)

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